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El signo de los tiempos

El signo de los tiempos

por Álex Pérez

El signo de los tiempos

por Álex Pérez

Texto publicado en el segundo número de [patio], titulado Uncommon, dedicado al trabajo de Lacol y apoyándonos en colaboraciones de Atelier Atlántico, Belén Ramos, Álex Pérez, Álvaro Chico o Foams para comprender el concepto contemporáneo de comunidad y nuestros referentes.

[patio] es una revista de arquitectura independiente publicada exclusivamente en edición impresa. Puedes hacerte con la tuya y apoyar nuestro trabajo en nuestra tienda.

En 1989, en la emisión de uno de los capítulos del programa La Noche (TVE 2), se reunieron en conversación algunos de los arquitectos más representativos de la producción española del momento. Francisco Javier Sáenz de Oíza, José María García de Paredes, Rafael de La-Hoz Arderius, Antonio Fernández Alba, Luis Fernández-Galiano y Josep Lluís Mateo departieron, moderados por Pedro Altares, en los estudios de la televisión pública en un debate que terminó por llamarse España Diversa, Arquitectura y Arquitectos.

A la, aproximadamente, media hora de grabación, un Sáenz de Oíza que ha permanecido callado hasta el momento, hace su primera intervención. Y lo hace respondiendo a la pregunta de Pedro Altares que, tomando como ejemplo el madrileño Paseo de la Castellana, expone la tesis de que la Arquitectura de los años 80’ y 90’ tiende hacia una evidente internacionalización. O, mejor dicho, una globalización. Una suerte de homogenización de los criterios de diseño que permitirían a un arquitecto extranjero intervenir en la capital española con la misma habilidad, solvencia y lucidez con la que podría hacerlo alguien nacido en la propia ciudad. Y, además, explica el moderador, el resultado construido, si no se conociera la identidad del proyectista, difícilmente se podría distinguir uno de otro; o sea, que, en base a su imagen o estética, no se podría atribuir un edificio a un diseñador, por ejemplo, inglés y, otro, a uno sueco. Y, de esta manera, un transeúnte que no fuera capaz de realizar relaciones entre arquitectos y obras, contemplaría una sucesión de intervenciones más o menos coherentes y, en la forma, similares.

Esta exposición inicial que, en principio, supone una loa a los profesionales de la construcción, es vista por la afilada prosa del arquitecto navarro como un arma de doble filo. Cargado con la habitual vehemencia de la que siempre Oíza hacía gala al defender su pensamiento –y que era, en todo momento, fruto de un entusiasmo pasional– el autor de Torres Blancas o de la Torre del Banco de Bilbao –actualmente renombrada como la torre Castellana 81– afirma, sin rodeo alguno, que “[…] la Arquitectura es expresión de una Cultura”. Y añade “[…] y si la Cultura se siente igual, las formas son iguales”. Apela, además, para defender su idea, a la Historia –Roma o el Islam– para argumentar que, si el modelo de sociedad que se establece es uno, las respuestas arquitectónicas serán acordes a éste. De lo que deduce que si los proyectos que se están realizando en el país se parecen a los que se ejecutan en el Imperio –así se refiere Altares a la hora de hablar de EEUU– será porque la sociedad en que vivimos tiende a imitar los modos de vida americanos: “[si la forma de vida actual] imita al modelo americano en vaqueros y hamburguesas, pues la Arquitectura de aquellos que la imitan es la misma de aquellos a los que se imita; es inevitable, la Arquitectura nunca es gratuita”.

De alguna manera, lo que Oíza está haciendo es poner el matiz en las causas y no tanto en sus consecuencias. Si las arquitecturas que desarrollan los diseñadores españoles son tan parecidas a las que ejecutan las grandes firmas del Imperio, es porque el estilo de vida peninsular, poco a poco, está copiando el modelo del mitificado sueño americano. Y, por el camino, claro está, se va disolviendo la esencia nacional. 

Paseo de la Castellana, Madrid, España.
Ph.: Autor desconocido. Museo de Historia (Madrid)

Paseo de la Castellana, Madrid, España.
Ph.: Autor desconocido. Museo de Historia (Madrid)

Por otro lado, si consideramos que los galardones, en cualquier ámbito, logran destacar de entre la masa a aquellos creadores que, además de realizar las obras más representativas del momento, de alguna manera, marcan el camino que habrán de seguir sus sucesores, analizar la trayectoria del más prestigioso de los premios en materia de Arquitectura puede parecer una buena forma de arrojar luz sobre el estado de las cosas. 

En su libro Palabra de Pritzker, Llàtzer Moix realiza 23 entrevistas a algunos de los galardonados con el “[…] principal premio de arquitectura”. Tanto en la introducción, como en el grueso de cada una de las conversaciones o en el epílogo que cierra el libro, el periodista y crítico de arquitectura de Sabadell insiste en que se pueden distinguir tres etapas claras en la historia del galardón. Por un lado, hay un estadio inicial –que podríamos considerar que abarca desde el año 1979, en que fue reconocida la obra de Philip Johnson, hasta el 1988, en que el galardonado fue Oscar Niemeyer– en que el jurado pone su atención en los arquitectos clásicos. En las grandes figuras herederas o disruptoras del Estilo Internacional: James Stirling, Kevin Roche, Ieoh Ming Pei, Richard Meier o Kenzo Tange, entre otros. 

La segunda etapa ocuparía desde el año 1989 (Frank Gehry) hasta el 2008 (Jean Nouvel), donde, sin duda y salvo algunas excepciones (Robert Venturi, Rafael Moneo, Aldo Rossi o Álvaro Siza Vieira) los galardonados son los integrantes del conocido Star-System arquitectónico, arquitectos y estudios estrella –en analogía a las homólogas hollywoodienses– que basan gran parte de su obra en la utilización masiva de elementos de alta tecnología. De ahí que también se conozca a Norman Foster, Rem Koolhaas, Frank Gehry, Jacques Herzog y Pierre de Meuron o Zaha Hadid como diseñadores High Tech.

El último bloque, integrado por aquellos que han recibido el premio desde el año 2009 (Peter Zumthor) hasta la actualidad, supone un giro radical con la tendencia del momento, ya que, a partir de ese año imperan los “[…] arquitectos en cuya obra han primado las preocupaciones asistenciales, sociales, poéticas e históricas […] y, por supuesto, medioambientales”. Es decir, Shigeru Ban, RCR, Balkrishna Doshi, Lacaton & Vassal o Diébédo Francis Kéré, entre otros.

En voz de Martha Thorne –directora ejecutiva del Premio Pritzker desde el año 2005 hasta el 2021– “naturalmente, el premio tiene que ver con el espíritu del tiempo”. Palabras que, en cierto modo, parecen parafrasear el argumento de Sáenz de Oíza ya comentado.

Además, Thorne añade que “el criterio [del jurado] evoluciona. A partir de 2008, discutimos mucho sobre el posible papel de la Arquitectura frente a la crisis económica. También hablamos de los diferentes problemas, causados por el hombre, que padece la Tierra. Y coincidimos en que la respuesta a esos problemas nos interesaba mucho”. Y, por último, cierra afirmando que “[…] podría decirse, por tanto, que ahora tiene mucha importancia el mensaje que transmite la obra del premiado”.

Jay Pritzker Pavilion. Millenium Park. Frank Gehry, 2004.
Ph.: Diego Delso. CC-BY-SA 3.0

Jay Pritzker Pavilion. Millenium Park. Frank Gehry, 2004.
Ph.: Diego Delso. CC-BY-SA 3.0

Así pues, si, como parece sensato, consideramos como voces autorizadas en materia de Arquitectura a Martha Thorne y Francisco Javier Sáenz de Oíza, podemos concluir dos certezas irrebatibles. Por un lado, la Arquitectura que un pueblo realiza es, necesariamente, respuesta de las necesidades de sus integrantes y del modelo social y cultural que, como conjunto, han desarrollado. Y, por otro lado, dado que el esquema sociocultural y las preocupaciones y demandas de los integrantes de cada parte del territorio son cambiantes, la respuesta –es decir, la Arquitectura– no podrá permanecer inmutable sino que, más al contrario, necesariamente deberá cambiar para ser acorde al momento. Es decir, a diferentes preguntas, distintas respuestas. 

Si pensamos en el panorama nacional español, sin duda, hay varios estudios que podrían ser la prueba palpable de esta aseveración. Pero, entre todos, quizá la cooperativa de arquitectos barcelonesa Lacol sea el ejemplo más paradigmático. Desde su concepción como estudio, de hecho. Si, en el pasado, por más que las firmas de arquitectos estuvieran copadas por varias decenas de integrantes, sólo un nombre –un hombre, de hecho– aparecía como líder y, por ello, sus apellidos se convertían en marca, en el caso de Lacol se lleva a cabo una justa asignación del merecido protagonismo a cada uno de los miembros del equipo. Actualmente conformado por 13 arquitectos y arquitectas (Arnau Andrés, Eliseu Arrufat, Ari Artigas, Carles Baiges, Lali Daví, Cristina Gamboa, Ernest Garriga, Mirko Gegundez, Laura Lluch, Lluc Hernàndez, Pol Massoni, Jordi Miró y la socia colaboradora Anna Clemente), la estructura interna de la cooperativa catalana supone, por un lado, una excepción, y, por otro, la confirmación de un hecho constatable: en la sociedad actual menos ya no es más. El mundo del siglo XXI se ha convertido, sin dudas, en el espacio del diálogo y el consenso. Del debate y la expresión propias que, gracias al uso masivo de las RR.SS., puede expandirse internacionalmente en cuestión de minutos. Ya no es necesario que existan líderes que guíen y coordinen a equipos masivos que permanecen relegados en el más oscuro de los anonimatos, sino que cada voz, cada idea y cada propuesta tienen cabida. 

Son necesarias. Importan.

«Frente a las ideas del Movimiento Moderno que consideraban al usuario como un individuo estándar, que respondía a los mismos intereses y necesidades independientemente de su edad, situación social y realidad familiar, en el ideario del estudio barcelonés prima la necesidad de ponderar y colocar en primer lugar al usuario. Pero no como mero receptor de un proyecto ideado por otros, sino como participante activo en el diseño de su propia vivienda».

Así pues, lo que, en principio podría parecer delirante en relación de cara a la gestión interna, se convierte en Lacol en un principio fundacional. En una imagen y en una idea de sistema de trabajo. Algo que tiene mucho que ver con el mensaje que transmite el galardonado al que hacía referencia la directora ejecutiva del Premio Pritzker.

Pero más allá de las cuestiones organizativas –primordiales en este caso– los principios de un estudio de arquitectura se reflejan, siempre, en sus obras. Allí no existen las veladuras ni las imposturas. La verdad de un arquitecto está, siempre, en sus edificios. 

En el caso de Lacol, si se analiza el que, posiblemente, sea su proyecto más difundido, la cooperativa habitacional La Borda, es fácil encontrar en él un verdadero manifiesto arquitectónico del estudio. Manifiesto que, además, parece heredero de las cuestiones que, ahora, preocupan al jurado del premio Pritzker: “[…] las preocupaciones asistenciales, sociales, poéticas e históricas […] y, por supuesto, medioambientales”.

Se trata de una intervención en la que, como bases de diseño que guían toda la obra, aparecen, entre otras, la necesidad de participación en la concepción del bloque por parte de los que serán sus residentes. Frente a las ideas del Movimiento Moderno que consideraban al usuario como un individuo estándar, que respondía a los mismos intereses y necesidades independientemente de su edad, situación social y realidad familiar, en el ideario del estudio barcelonés prima la necesidad de ponderar y colocar en primer lugar al usuario. Pero no como mero receptor de un proyecto ideado por otros, sino como participante activo en el diseño de su propia vivienda. 

Del mismo modo, tanto en este como en el resto de proyectos habitacionales que plantean, defienden al ser humano como ser social y, precisamente por ello, se fomenta la interrelación de los residentes mediante la disposición de espacios asamblearios y de encuentro. También se busca la participación intervivienda extrayendo de los apartamentos aquellos usos que pueden ser concentrados en espacios comunes (los de lavandería, por ejemplo), consiguiendo, así, dos cosas: por un lado, propiciar los momentos y actividades colectivas; por otro, hacer realmente vivibles los ámbitos residenciales particulares, al eliminar de ellos los usos complementarios de la organización interna. 

Esta vida comunitaria, además, se sustenta en un sólido conocimiento de la historia. O de las tipologías históricas, mejor dicho. La corrala de vecinos, como epítome de la socialización y las interrelaciones entre iguales en un bloque de residencial con patio interior (pensemos, por ejemplo, en los acontecimientos que ocurren en Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo), es reinterpretada y adaptada a los tiempos y formas contemporáneos para, quedándose con la esencia del tipo, generar una obra de rotunda actualidad.

Patio central de La borda.
Ph.: Lluc Miralles.

Patio central de La borda.
Ph.: Lluc Miralles.

Por último, no existe buena Arquitectura posible hoy en día, que no preste atención a las cuestiones de sostenibilidad. En concreto, en este proyecto, como también ocurre en Coòpolis BCN o en la escuela de teatro El Timbal, se llevan a cabo infinidad de medidas orientadas a reducir el impacto medioambiental, tales como el empleo de ventilación cruzada, el aumento de la eficiencia de los sistemas activos, el uso de materiales reciclados o la reducción de la huella de carbono al minimizar el uso de hormigón en favor de la madera. Los resultados obtenidos hablan por sí solos, si un proyecto de las dimensiones y características de la cooperativa habitacional La Borda debería generar unos 87,49 kWh/m2 año de consumo energético, la obra construida casi reduce ese valor a un tercio, es decir, a 36,92 kWh/m2 año.

En definitiva, parece inevitable pensar que avanzamos por tiempos de cambio. Cambios que afectan a los modos en que vivimos y nos relacionamos. A la forma en que buscamos el crecimiento personal y profesional. Años convulsos en que hechos que ignorábamos hasta hace poco, han pasado a ocupar un papel preeminente entre las preocupaciones que, como sociedad, afrontamos. El impacto de la obra del hombre en el planeta, la necesaria incorporación de las perspectivas de género a los proyectos de Arquitectura o la inevitable colaboración de todos los intervinientes en los procesos constructivos son, hoy día, asuntos a los que ningún estudio de Arquitectura pueda dar la espalda si, realmente, quiere realizar una obra que, como decía Oíza, fuera la expresión de la Cultura del momento. 

El mundo del nuevo milenio, pese a la explosiva expansión tecnológica en que navegamos, no deja de mirar con atención a la Naturaleza y el planeta como entes a proteger. Y, para hacerlo, se reviste de unas preocupaciones sociales que no se limitan a las fronteras de cada país sino que lanzan su interés y preocupación a lugares distantes y en necesidad. Los continuos movimientos globales en favor de los derechos de los más vulnerables o contra conflictos armados en territorios en guerra son buena prueba de ello. 

Coòpolis, Barcelona.
Ph.: Álvaro Valdecantos.

Coòpolis, Barcelona.
Ph.: Álvaro Valdecantos.

La Arquitectura, pues, no debe –no puede, de hecho– continuar impasible ante una sociedad que le demanda ser respuesta de las preocupaciones y conflictos de sus integrantes. Todavía permanecemos en un estado muy primigenio, los grandes estudios parecen aún tardar en movilizarse para ser acordes a lo que, por definición, se espera de ellos. 

Hace falta tiempo, seguramente.

No obstante, por suerte, pequeñas iniciativas emergentes, como cooperativa Lacol son un rayo de esperanza. La constatación inevitable de que, hoy más que nunca, querer es poder.

En todas las acepciones de ambos términos. 

Proceso de asambleas de La Borda.
Ph.: Lacol.

Proceso de asambleas de La Borda.
Ph.: Lacol.

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