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Sobre arte impostor e impuesto

sobre Arte impostor e impuesto

Terminé de dar la última pincelada en el lienzo cuando el teléfono comenzó a sonar. Me alejé del cuadro sin levantar la vista de este último detalle, ganando perspectiva de la obra y cuando ya estaba lo suficientemente lejos, giré la cabeza pensando en el buen resultado que había tenido: Era una pintura magnífica. Al alcanzar mi teléfono pude leer el nombre del director del museo.

– ¿Cuánto falta? Abriremos en menos de diez minutos, y tiene que estar ahí.

– Me he pasado la noche en vela para terminarlo, tal vez si fueran más cuidadosos con… –El sonido de mi propia voz ronca me sorprendió. Tras toda la noche concentrado no era consciente del cansancio acumulado. No terminé la frase, le dije que estaría a tiempo y colgué. Me giré de nuevo hacia el lienzo, lo admiré unos segundos, y con un lápiz escribí en el canto un diminuto “35”.

Bajé las escaleras del apartamento con el cuadro bajo el brazo envuelto en una suave sábana. Al cruzar la calle, procuré con ambas manos que nadie viese el contenido, sujetando la sábana contra los bordes. Estaba a un par de calles del museo, pero a nadie le interesan los ojos fisgones en este tipo de asuntos.

Rodeé el museo para encontrarme en uno de los accesos secundarios con el director, que me esperaba impaciente. Al verme, entró dentro del edificio sugiriendo que lo siguiese y allí, por fin, pude desenvolver la obra con el mayor de los cuidados.

–  La pintura puede estar húmeda, he dado los últimos retoques hace poco.

Agitó suavemente la mano delante de mí, restándole importancia a mi discurso –o indicándome que me callará–, mientras observaba el lienzo de cerca. Tras unos segundos de silencio, el hombre sonrió y palpó sobre los bolsillos de su pantalón para localizar un sobre que amablemente me ofreció. Conté el dinero que había dentro mientras él volvía a proteger la obra con la tela.

– Dos veces en una misma semana, quién lo iba a imaginar… Nos habíamos quedado sin reservas ¡Imagina que llega la hora de abrir y ella no está en su lugar!

Asentía insistentemente a las palabras del director mientras guardaba el dinero en el interior de mi abrigo. Antes de despedirnos, me dijo que preparase el siguiente, para evitar contratiempos, y añadió que, como siempre, recibiría un buen pago.

Me fui paseando hacia el apartamento, despacio y pensando en cómo lo abordaría esta vez. Cada vez había sido diferente: Comenzaba esbozando, calcaba desde una esquina, o partía con todo detalle desde el principio. También le daba vueltas, como cada vez, a este encargo: ¿No era más barato mejorar la seguridad del museo? Tal vez, después de tanto, ya no importaba: Si alguna vez ella aparecía, la de verdad, la gente gritaría a los cuatro vientos que era un fraude.

Me sumí tanto en mi mente que, sin darme cuenta, había llegado a casa. Tras tomar un breve desayuno, cogí un nuevo lienzo, preparé las pinturas y, antes de comenzar, marqué el lienzo una vez más: «36». Me había decidido, esta vez comenzaría por la misteriosa sonrisa.

Tal vez no quede tan lejos.

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